¿De verdad fuimos más felices en 2016? Por qué idealizamos el pasado

📅 30/01/2026 📂 salud

La tendencia a idealizar tiempos pasados

En plataformas digitales es común encontrar en la actualidad collages que enfrentan dos épocas. Una imagen de hace algunos años se contrasta con una del futuro próximo. Leyendas como "nuestra apariencia en aquel entonces", "cuando la existencia parecía menos complicada" o "previo a que las cosas cambiaran" las complementan. Observamos semblantes con menos marcas, expresiones de mayor despreocupación. Una etapa que, desde la perspectiva actual, se siente como si tuviera menos peso.

¿Fue realmente el último período positivo?

Este fenómeno va más allá de una tendencia gráfica. En el fondo de estas comparaciones late una noción popular: que aquel año específico marcó el "final de una era buena". Un momento anterior a la emergencia sanitaria global, a la sucesión de inestabilidades y a la percepción de inseguridad constante que caracteriza nuestro ahora. No obstante, ¿corresponde esta visión con la realidad?

Existe una fase en la trayectoria vital donde lo ya vivido comienza a adquirir un tono más benevolente. Da igual si nos referimos a la niñez, a la adolescencia o a una etapa laboral anterior. Algo se transforma y, repentinamente, las reminiscencias se pueblan de estaciones soleadas sin fin, diálogos pausados y contratiempos que en la actualidad se antojan menores. Entonces emerge la expresión: "La vida era de mayor calidad anteriormente".

La pregunta sobre la nostalgia

Pero, ¿es cierto que nuestra calidad de vida era superior? ¿O estamos observando ese período histórico a través de la lente del anhelo? ¿Y si la transformación no radica tanto en los hechos experimentados, sino en el mecanismo mediante el cual los evocamos?

Para comprender por qué solemos embellecer ciertos fragmentos de nuestra biografía y por qué esta inclinación se intensifica cuando el ahora se torna volátil, es más útil examinar el funcionamiento de nuestro sistema de recuerdo que analizar los eventos concretos de aquel año.

La memoria: una reconstrucción, no una reproducción

Frecuentemente creemos que la memoria opera como un depósito: almacenamos vivencias y, al necesitarlas, las recuperamos en su estado original. Sin embargo, la facultad de recordar no reproduce el ayer: lo recompone. Cada reminiscencia es una versión modificada de lo sucedido, tamizada por la persona que somos hoy.

Cada vez que traemos un hecho a la mente, este se reactiva, se reestructura y se archiva nuevamente. Por ello el pasado no es estático. Evoluciona con nosotros. Recordar es, en cierta medida, reinterpretar.

Esto aclara situaciones que todos hemos experimentado. Por ejemplo, cómo un mismo suceso puede parecernos diferente con el paso del tiempo. O cómo dos individuos que compartieron una experiencia la recuerdan de maneras notablemente dispares.

El carácter selectivo y emocional del recuerdo

Nuestra memoria no es imparcial. No conserva cada minucia ni otorga la misma relevancia a todos los archivos. Algunos permanecen disponibles durante años; otros se desdibujan gradualmente sin que notemos el momento exacto.

Los sentimientos juegan un papel crucial aquí. Las memorias impregnadas de emoción se fijan con más solidez que las neutras, pero con los años sucede algo interesante: numerosas vivencias adversas pierden intensidad, mientras que las placenteras se preservan con más nitidez. No porque las primeras se esfumen, sino porque se vuelven menos accesibles a la conciencia.

En este contexto, olvidar no es un error: es un mecanismo de defensa.

Esto conduce a lo que la ciencia de la mente denomina "sesgo de positividad": la propensión a recordar nuestra trayectoria como más favorable de lo que objetivamente fue. No es que fabriquemos momentos alegres, sino que los componentes negativos ocupan un lugar cada vez más reducido cuando volvemos la vista atrás.

El cambio de función con los años

Esta inclinación se acentúa con la edad y se hace particularmente evidente pasada una cierta etapa de la vida. En ese punto, la evocación del ayer comienza a cumplir un rol distinto. Ya no sirve principalmente para extraer lecciones o proyectar, sino para otorgar coherencia, consolidar nuestra identidad y generar bienestar con el camino recorrido.

La transición a la vida tras el trabajo remunerado suele ser un hito. No solo porque altera la rutina diaria, sino porque modifica la percepción del tiempo. El porvenir deja de ser un horizonte vasto y se convierte en algo más delimitado. Y cuando eso sucede, nuestras prioridades psicológicas se reconfiguran.

En esta fase, muchas personas desarrollan una mayor habilidad para gestionar sus estados afectivos. Aprenden, a menudo de modo inconsciente, a no detenerse excesivamente en lo desfavorable y a rescatar con más facilidad las reminiscencias que aportan tranquilidad, satisfacción y conexión afectiva. La memoria personal se transforma en una herramienta para preservar el equilibrio emocional en un período de transformaciones significativas.

Por eso, al observar lo vivido, la existencia parece más bondadosa. No porque objetivamente lo fuera en mayor medida, sino porque ahora tenemos la necesidad psicológica de que así lo parezca.

La función saludable de la nostalgia

La nostalgia suele interpretarse como una forma de residir en lo que ya fue. Sin embargo, desde el conocimiento psicológico se reconoce que desempeña una labor valiosa. Recordar "los viejos buenos tiempos" fortalece nuestro sentido del yo, nos vincula con nuestros orígenes y nos auxilia para encarar el presente con mayor sosiego.

La nostalgia no nos distancia de la realidad, sino que nos faculta para habitarla con mayor propósito. Solo se torna perjudicial cuando obstruye la capacidad de vivir el momento actual. En la mayoría de las situaciones, evocar con afecto es una estrategia sana para continuar avanzando.

Probablemente la vida no fuera mejor en términos absolutos, pero nuestro sistema de recuerdo no está concebido para ser un juez ecuánime del ayer, sino un instrumento práctico para el hoy. Al elegir, suavizar y reensamblar lo experimentado, la memoria contribuye a mantener una narrativa personal coherente y emocionalmente soportable.

Tal vez, cuando afirmamos que todo era superior anteriormente, no estamos pronunciándonos sobre la historia pasada. Estamos describiendo el trabajo de una memoria que ejecuta su tarea primordial: proveer bienestar.

¿De verdad fuimos más felices en 2016? Por qué idealizamos el pasado

Contenido original en https://theconversation.com/de-verdad-fuimos-mas-felices-en-2016-por-que-idealizamos-el-pasado-274157

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