La dieta occidentalizada es “tóxica” para nuestro intestino
Últimamente es habitual oír hablar de la dieta occidentalizada. Se refiere a una alimentación basada en alimentos energéticamente densos, con alto contenido en grasas saturadas y azúcares añadidos, pero nutricionalmente pobres. Esto implica un alto consumo de productos procesados, carnes rojas, azúcares y grasas, y un bajo consumo de frutas, verduras, cereales integrales y frutos secos. Esta dieta fomenta la sobreingesta energética, aumentando el riesgo de obesidad, diabetes tipo dos y problemas cardiovasculares, agravado frecuentemente por un estilo de vida sedentario.
El daño de estos alimentos está relacionado con sus efectos sobre la microbiota intestinal, la comunidad de microorganismos esencial para obtener nutrientes y regular la respuesta inmune. La dieta occidentalizada reduce la diversidad de la microbiota. Su exceso de hidratos de carbono simples disminuye bacterias antiinflamatorias y la producción de ácidos grasos de cadena corta, generando un estado inflamatorio intestinal. El abuso de lípidos favorece el crecimiento de microorganismos potencialmente patógenos y altera la función de barrera del intestino.
Este desequilibrio, o disbiosis, es común en pacientes con patologías intestinales. Aunque no se sabe con certeza si la disbiosis precede a la enfermedad o viceversa, sustituir la dieta occidentalizada por una más equilibrada puede mejorar la sintomatología. La dieta mediterránea, rica en alimentos de origen vegetal, pescado, y aceite de oliva, aporta nutrientes, prebióticos y probióticos que favorecen una microbiota intestinal sana. Sus componentes antiinflamatorios y antioxidantes mejoran la salud intestinal.

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