Más allá de borrar las arrugas: las múltiples aplicaciones terapéuticas del bótox
El bótox, nombre comercial de la toxina botulínica tipo A, es una neurotoxina producida por la bacteria *Clostridium botulinum*. Fue descrita en el siglo XIX por el médico alemán Justinus Kerner, y en el siglo XX se empleó como relajante muscular y tratamiento del estrabismo. En los años 90 se descubrió su efecto estético al suavizar arrugas al tratar espasmos faciales, aprobándose en 2002 por la FDA para corregir arrugas en el entrecejo.
La toxina actúa como un "interruptor" que bloquea temporalmente la comunicación entre neuronas motoras y músculos esqueléticos, impidiendo la liberación de acetilcolina y evitando la contracción muscular. Este efecto no es permanente, ya que la función muscular se recupera entre tres y seis meses. Además, afecta al sistema nervioso autónomo, regulando funciones involuntarias como la actividad muscular lisa y la secreción glandular, útil en tratamientos como la hiperhidrosis, migrañas o vejiga hiperactiva.
Las primeras aplicaciones médicas fueron en 1989 para estrabismo y luego para blefaroespasmo y espasmo hemifacial. La empresa Allergan adquirió los derechos, renombrándolo como Botox, y expandió sus usos terapéuticos. Hoy se emplea en migraña crónica, espasticidad por parálisis cerebral o ictus, sialorrea, bruxismo y trastornos del movimiento como el temblor esencial.
A pesar de su utilidad, es la toxina biológica más potente: dosis mínimas pueden ser letales. Su mal uso puede causar parálisis, dificultad para respirar o incluso la muerte. Por ello, debe aplicarse en centros acreditados con profesionales cualificados.
En conclusión, la toxina botulínica pasó de ser una sustancia tóxica a una herramienta terapéutica y estética valiosa, tratando desde trastornos neuromusculares hasta migrañas y ofreciendo soluciones no quirúrgicas contra el envejecimiento facial.

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