Recordar para seguir adelante: por qué idealizamos el pasado
La Nostalgia y Nuestra Memoria
En las plataformas digitales es frecuente encontrarse estos días con composiciones que enfrentan dos épocas. Una instantánea de 2016 se contrasta con una proyección de 2026. Diversas leyendas las rodean: "Nuestra apariencia en aquel entonces", "en una era de mayor simplicidad", "previo a que las circunstancias se complicaran". Observamos semblantes más juveniles, expresiones despreocupadas. Una existencia que, desde la perspectiva actual, aparenta haber sido más liviana.
¿Fue realmente el último período positivo?
Este fenómeno trasciende lo visual. En el fondo de estas oposiciones late una noción en crecimiento: que 2016 constituyó el "último gran año". Una época anterior a la emergencia sanitaria global, a las crisis sucesivas y a la percepción de inestabilidad constante que caracteriza nuestro ahora. No obstante, ¿es acertada esta interpretación?
Existe una etapa en la que lo pretérito comienza a adquirir un matiz más bondadoso. Da igual si nos referimos a la niñez, a la adolescencia o a nuestros primeros empleos. Algo se transforma y, repentinamente, los recuerdos se pueblan de estíos eternos, diálogos pausados y contratiempos que hoy visualizamos como menores. Entonces emerge la expresión: "La vida era superior en otros tiempos".
Pero ¿es eso verídico? ¿O estamos observando esa época mediante el lente de la añoranza? ¿Y si la modificación no radica tanto en los hechos experimentados, sino en el mecanismo mediante el cual los evocamos?
El funcionamiento de nuestra memoria
Para comprender por qué solemos embellecer ciertos períodos vitales y por qué esta tendencia se acentúa en momentos de inestabilidad presente, debemos centrarnos menos en los eventos específicos de 2016 y más en el proceso de recordar.
Generalmente creemos que la memoria opera como un depósito: almacenamos vivencias y, al necesitarlas, las recuperamos inalteradas. Sin embargo, la memoria no reproduce fielmente el pasado: lo recompone. Cada reminiscencia es una versión actualizada de lo acontecido, tamizada por nuestra identidad actual.
- Cada vez que evocamos, el recuerdo se reactiva, se reestructura y se archiva nuevamente.
- Por ello el pasado no es estático. Evoluciona con nosotros. Recordar implica, en cierta medida, reinterpretar.
Esto aclara situaciones comunes:
- Un mismo evento puede percibirse de forma distinta con el paso del tiempo.
- Dos individuos pueden tener memorias notablemente diferentes de una experiencia compartida.
El sesgo hacia lo positivo
Nuestro sistema de recuerdos no es imparcial. No conserva cada minucia ni otorga la misma relevancia a todas las experiencias. Algunas permanecen nítidas por décadas; otras se desvanecen gradualmente.
Las emociones juegan un papel crucial. Los episodios con alta carga emotiva se fijan con mayor solidez, pero con los años sucede algo peculiar: numerosas vivencias adversas pierden intensidad, mientras que las placenteras se preservan con más vigor. No porque las primeras se esfumen, sino porque se vuelven menos accesibles a la conciencia.
En este contexto, el olvido no es un defecto: es un mecanismo de defensa.
Esto genera lo que se denomina "sesgo de positividad": la propensión a recordar nuestra biografía como más favorable de lo que objetivamente fue. No inventamos felicidad, sino que los aspectos negativos ocupan un espacio menguante cuando retrospectamos.
Un cambio de perspectiva con los años
Este sesgo se intensifica con la edad, tornándose particularmente evidente pasados los 60 años. En esa fase, la reminiscencia del ayer comienza a cumplir una nueva misión. Ya no sirve primordialmente para aprender o proyectar, sino para otorgar coherencia, consolidar nuestra identidad y encontrar satisfacción en el trayecto recorrido.
La retirada de la vida laboral suele ser un punto de inflexión. No solo por la alteración de la rutina, sino porque modifica nuestra percepción temporal. El porvenir deja de ser un horizonte ilimitado. Cuando esto sucede, nuestras prioridades psicológicas se reconfiguran.
En esta etapa, muchas personas desarrollan una mayor habilidad para la gestión emocional. Aprenden, a menudo de modo inconsciente, a no detenerse excesivamente en lo adverso y a rescatar con más facilidad los recuerdos que aportan tranquilidad, dignidad y conexión afectiva. La memoria autobiográfica se transforma en una herramienta para preservar el equilibrio anímico durante una transición vital significativa.
Por eso, al volver la vista atrás, la existencia parece más benigna. No porque lo fuera en mayor medida, sino porque ahora tenemos la necesidad psicológica de que así lo parezca.
La función saludable de la nostalgia
La añoranza suele interpretarse como una forma de residir en lo ido. No obstante, desde la psicología se reconoce su función adaptativa. Evocar "los tiempos dorados" fortalece nuestro sentido de pertenencia, nos recuerda nuestros orígenes y nos auxilia para encarar el ahora con mayor sosiego.
La nostalgia no nos distancia de la realidad; nos permite transitarla con un propósito más claro. Solo se convierte en un obstáculo cuando paraliza la capacidad de vivir el momento actual. En la mayoría de los casos, recordar con afecto es una manera saludable de proseguir el camino.
Probablemente, el pasado no fuera objetivamente mejor, pero nuestra memoria no está diseñada para ser un juez ecuánime de la historia, sino una herramienta práctica para el presente. Al elegir, suavizar y reconstruir lo vivido, la memoria colabora en mantener una narrativa personal coherente y emocionalmente soportable.
Tal vez, cuando afirmamos que "todo era mejor antes", no estamos discutiendo sobre el ayer. Estamos describiendo el trabajo de una memoria que ejecuta su tarea primordial: protegernos.

Contenido original en https://theconversation.com/recordar-para-seguir-adelante-por-que-idealizamos-el-pasado-274157
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